sábado, 24 de noviembre de 2012

Autoconcepto


Foreword

Bueno, pues como he tenido abandonado esto, y con la inestabilidad mental, emocional y etc. que se me ha venido encima en los últimos meses no he podido concretar ninguna entrada. Así que les dejo esto que me dejaron de tarea en una materia que no me gusta, pero es lo último que he escrito oficialmente.



Autoconcepto

El engaño es la base del arte de la guerra. Iniciando con esa premisa, uno no podría confiar en todo lo que aquí se plasma. Ni siquiera en la aparente sinceridad de este párrafo.

Alejandro sabe que no es alguien normal, y que no llegará a serlo. Esa parte de él, forjada a través de escasos veintidós años y que se ha convertido en su personalidad, ahora se lo agradece.

Aprendió algunas cosas en esos veintidós años.

Aprendió a no esperar nada de la vida. Que la vida no es justa. Aprendió a abandonar toda esperanza (o eso cree creer). Que todo cuesta. Que, a pesar del esfuerzo con el que se pague, no hay garantía en nada. Que no hay certeza y sólo oportunidad. Que a veces la oportunidad es sólo una ilusión, y que, como un cristal impecablemente limpio, la única forma de advertir su existencia es topándose con él de frente.

Y, como de la vida, aprendió a no esperar nada de los demás. Que nada es lo que parece. Aprendió a no confiar salvo en unos cuantos, que podría contar con los dedos de una mano. Aprendió también a no traicionarlos; a hacer sin esperar nada a cambio. Porque traicionarlos a ellos es traicionarse a sí mismo. Odia hacer promesas en vano. Procura siempre cumplirlas. Aunque a veces esas promesas parezcan, de algún modo u otro, irreales.

Le resulta curioso cómo esa creencia inculcada en la niñez, de verse bien ante los demás y para los demás, de hacer algo para los demás, de relacionarse con los demás, de compararse con los demás para valorarse a sí mismo después; la haya inicialmente rechazado para de algún modo adaptarla después a su propia versión. Con los demás como él mismo, y él mismo como él mismo.

Siente la necesidad de no justificar sus actos ante nadie más que él. Siente la necesidad de expresar que tiene la razón cuando realmente la tiene. Sabe admitir su ignorancia, así como cuando se equivoca. Sabe que esa admisión le cuesta demasiado, pero al final lo logra, o, de nuevo, eso le gusta creer. Le resulta divertida la ironía envuelta en el presente trabajo. En como escribe para los demás y no para él mismo. En cómo justifica ante los demás la necesidad de no justificarse ante los demás. Porque aquí plasma algo que él ya sabe; de lo que está seguro a pesar de su inconsistente y paradójica naturaleza. Puede parecer arrogante, y casi siempre ególatra. Eso cree quien no lo conoce. Y seguramente quien no llegará a conocerlo mejor. Quien lo conoce sabe por qué es arrogante, por qué se pone esa máscara todos los días. Suele alimentarse frecuentemente de frustración e ira. Ha aprendido a canalizarlas en su mayoría, y a soltarlas poco a poco, por miedo a un aneurisma cerebral. Pero generalmente no se fija en quién ni por qué.

Sabe que no tiene tacto. Porque poco le importan los demás. Aunque en el fondo sea empático, no garantiza un buen trato. Usa la sinceridad como pretexto. Tratando de unificar en sí mismo esa doble moral con la que todos cargan. Y es sincero respecto a esta sinceridad. Parte por lo que las mentiras y omisiones le han hecho vivir. Parte porque todavía cree en aquello tan vago y fantástico que llama honor. Parte por su naturaleza pragmática, todo sin comprometer sus principios y creencias, derivando en algo tan inútil como un código de caballería del siglo XII.

Aprendió a no rendirse. Que su tiempo vale. Que su esfuerzo vale. No para los demás, sino para él mismo. Aprendió a hacer uso útil de su tiempo, o al menos a creer que lo que hace le es o será útil en algún punto de su existencia. Sabe que cada día vivido se va y jamás vuelve. Sabe que hay pocos días en el año que puede considerar como algo más allá de lo ordinario. Lucha todos los días por volver ese subconjunto más grande. Le duele el tiempo perdido. Le duele no hacer algo de lo que pueda sentirse orgulloso después. Odia que le quiten el tiempo con tareas irrelevantes. Cumple con las obligaciones que él considera banales sólo cuando tiene que hacerlo. Viene, hace su asunto y se va. Casi como Quetzalcoatl. Le gusta ponerse retos, casi siempre imposibles. Porque la historia de sus contados éxitos está escrita sobre las ruinas de sus demás intentos. De sus fracasos.

Sin embargo, disfruta de la vida, especialmente de las cosas que otros pasan desapercibidas o incluso ni siquiera saben que existen. Disfruta de lo simple, de lo subestimado, de lo sublime. Sabe sacar lo bueno de la porquería. Porque eso bueno es mejor que nada, especialmente si es inesperado. Le gusta la consistencia. Le cuesta adaptarse al cambio si éste viene del exterior, pero no soporta no cambiar cuando sabe que tiene que hacerlo, y sobretodo, que hay mejora en ello.

Es valiente, abnegado, altruista. Es un héroe. O eso le gusta creer a su alter ego. Estos son en realidad remanentes de su yo anterior, ahora extinto. Le duele admitir que es una perra egocentrista. Le gusta creer que puede llegar a cambiar el mundo de algún modo. Que quiere dejar huella. Un legado. Algo menos etéreo que su prisión de carne y hueso. En el fondo disfruta la atención. Pero no para ser admirado como alguien ejemplar, sino simplemente por demostrar que es capaz. Que puede hacerlo. Disfruta que a los que les importa crean que no le importa. Talvez no le importa si no lo hacen, pero simplemente disfruta si lo hacen. Como una venganza por los traumas de la infancia.

Él escribe esto en tercera persona por aquello de la perspectiva. Porque es más fácil salir y ver a esa otra persona. A ese otro yo. Imaginarse por un momento que no está atrapado con él hasta el fin de sus días. Poder juzgarlo a diestra y siniestra. En el fondo le encanta la perspectiva. Y le gusta la atención de quien se supone tiene control sobre su existencia, aunque esta relación tenga un carácter bidireccional.